La fábrica de nata cerraba en festivos, cuando Madre dormía era el momento de imaginarme por sus pasillos embadurnado de blanco, soñar que el ventanuco de perfil con vidriera granate que refleja un farolero de aluminio era la puerta para descubrir los misterios, que las llamadas a la paz del párroco de mi Iglesia se referían a que mis manos se debían a un estómago hambriento y que Cristo proveía ese armisticio con la encarnación de su carne en rica nata…
Panificar, supervitaminarse y mineralizarse...
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